domingo, 30 de diciembre de 2012

Todos deberían escuchar nuestra canción


Cuando el bebé de la pequeña Zowda nació, vieron que tenía la piel blanca. Ella lo miró con una mezcla de miedo y espanto y después miró a las dos comadronas que la estaban asistiendo.
Las dos mujeres, que habían sido llamadas por la abuela Naamoni, estaban arrodilladas en  el piso de tierra, al lado del cuerpo de Zowda.
Miraron al bebé y después se miraron entre ellas, pero no dijeron nada. Todos en la aldea sabían lo que había pasado.
La abuela Naamoni entraba y salía de la choza, trayendo agua caliente y telas limpias.
Cuando todo hubo terminado y el bebé estaba lavado y vestido, la abuela despidió a las comadronas con una sonrisa, al tiempo que les entregaba algunos presentes. Después entró y se sentó en el suelo, frente a Zowda.
—No lo podés conservar —dijo—. Tenés que deshacerte de él si querés que Jabu te acepte de nuevo como esposa.
—Eso me duele, abuela —dijo Zowda.
—Es lo que hay que hacer. Y lo que hay que hacer es mejor hacerlo cuanto antes.
La vieja se levantó y salió. Zowda se quedó sentada en la penumbra, con el bebé en brazos. Entonces recordó.
El grupo de  mujeres caminaba en fila por el sendero polvoriento. Iban a buscar agua. Andaban  descalzas, vestidas con ropas de vivos colores, llevando los cacharros en la cabeza. Cantaban suavemente, para aliviarse la tarea.  Zowda, por ser la más joven, era la última.
En un recodo del camino había un pequeño bosque. Cuando las mujeres llegaron ahí los soldados salieron de entre los árboles y las atacaron.
Las mujeres trataron de defenderse y gritaron. Pero nadie oyó sus gritos. Nadie oyó el ruido de los cacharros golpeando contra las piedras.
Zowda se encontró tumbada sobre la tierra, al pie de un árbol, con el cuerpo de un hombre encima de ella.
El hombre era mucho más fuerte y le oprimía la garganta con la mano izquierda. Si ella se revolvía o intentaba gritar, él le apretaba la garganta hasta casi ahogarla.
Mientras la desnudaba con la mano derecha, ocurrió algo extraño. En un momento el hombre la miró a los ojos, sin soltar la mano en su garganta. Por un segundo, le pareció que él la estaba viendo a ella, a Zowda,  y no sólo a su cuerpo.
Pero la ilusión se disipó enseguida. El hombre terminó de desnudarla y después la penetró brutalmente.  Ella sintió un agudo dolor.
Cuando los soldados se fueron, todavía tendida en el suelo, Zowda pensó en el viejo Jabu, su marido.
Cuando venía a su choza por las noches él también la desnudaba,  con menos violencia, es cierto,  pero después hacía lo suyo rápidamente. Aparte de un poco de dolor, Zowda no sentía nada.
—No sentís nada porque estás cortada,  lo mismo que todas las mujeres de la aldea  —le dijo Rebecca,  más tarde—.  Esa es una de las cosas que tenemos que cambiar.
Rebecca era una mujer alta y gorda, que iba de aquí para allá. Hablaba continuamente y siempre estaba contenta.
Había pasado unos años en Nairobi, estudiando, y se decía que también había viajado por el extranjero. Estaba produciendo una revolución en la aldea. Algunos decían que quería imitar a Wangari, la mujer árbol.
Después del episodio de los soldados, cuando supo que estaba embarazada y el viejo Jabu la repudió, del mismo modo que habían hecho los otros maridos, Rebecca le propuso a Zowda que se fuera con ella, que junto con otras mujeres estaban intentando vivir de otra manera.
—Tenemos derechos —había dicho Rebecca—. Otro mundo es posible.
Pero la pequeña Zowda tuvo miedo y prefirió irse con la abuela.
La abuela Naamoni, que la había criado desde la muerte de los padres, la recibió cariñosamente, pero le puso como condición que después del nacimiento del bebé ella debía volver con su marido, el viejo Jabu. No quiso escuchar las objeciones de Zowda.
—Jabu nos ha dado siete vacas por vos —dijo la vieja—. Nuestra cultura es así. Ha sido así por muchísimos años. Y así tiene que seguir siendo.
Zowda  recordaba y permanecía sentada en el suelo, en la penumbra de la choza. El bebé, en sus brazos, se había dormido.
La abuela Naamoni volvió a entrar. Se sentó otra vez frente a Zowda.
—Ahora —dijo.
—No,  por favor, abuela.
—Ahora —repitió la vieja.
Zowda se incorporó. Se sentía muy cansada. Con el bebé en brazos, salió.
Afuera ya era de noche y habían encendido algunos fuegos delante de las chozas. Una gran luna iluminaba los techos. 
Caminó lentamente, alejándose de la aldea, por el sendero polvoriento. Después de un rato llegó al bosque.
Buscó un árbol. Tal vez, pensó, el mismo árbol donde había sido violada. Depositó al bebé en el suelo. Se dió vuelta rápidamente y empezó a caminar.
Cuando estaba por salir otra vez al sendero, le pareció oir el llanto del bebé. Se detuvo. Prestó atención.  El llanto sonaba cada vez más fuerte, a sus espaldas.
Se dió vuelta y corrió hasta el árbol. El bebé estaba ahí, llorando. Se sentó en el suelo y lo miró. La luz de la luna caía sobre el pequeño rostro blanco.
Se sintió atravesada por una gran angustia. Por un largo momento no pudo respirar. No pudo pensar. No pudo ni siquiera llorar.
Después, en voz muy baja, suavemente, empezó a cantar.
Era una antigua plegaria de la tribu. Decía:
No importa, porque Dios todavía está presente.
Al oir la voz de la madre, el bebé dejó de llorar. La pequeña Zowda continuó cantando, ahora un poco más fuerte. Se sintió mejor.
Estuvo un largo rato así, con su voz resonando en el silencio del bosque. Después, sin dejar de cantar, se levantó, recogió al bebé y empezó a andar.
Cuando salió al camino miró las luces de las fogatas en la aldea lejana. Miró el cielo estrellado y la luna que iluminaba el sendero polvoriento.
Apuró el paso y empezó a cantar con toda la voz. Se dirigió hacia lo de Rebecca.
Caminó mucho tiempo con el bebé en brazos, en la soledad de la noche.
Seguía cantando. La canción, ahora, ya no era sólo una plegaria.
Era también un grito de alegría.

14-11-2012

A propósito del documental "Umoja, aldea de mujeres", exibido en el Taller Literario de la Biblioteca del Congreso.

martes, 7 de diciembre de 2010

El día que mataron a Van Gogh


El muchacho corría atravesando los rastrojos. Llevaba en las manos una valijita de pintor, un caballete plegado y el bastidor de lo que alguna vez sería un cuadro. Debajo del gorrito blanco, los ojos miraban muy asustados.
A lo lejos, el trigo no segado todavía brillaba bajo el sol con un intenso amarillo. Una bandada de cuervos negros sobrevolaba el campo, dividido en dos por la ancha huella marrón y verde del camino. El cielo azul se oscurecía anunciando la tormenta.
El muchacho se acercó al anciano que trabajaba en la puerta de su choza. Soltó la valijita, el caballete y el bastidor, que cayeron al suelo. Trató de hablar pero no pudo. La carrera lo había dejado sin respiración.
El viejo lo miró apaciblemente. Vestía ropas azules y un gran sombrero de paja le protegía el rostro, cubierto de una barba blanquísima. Estaba trabajando en la reparación de una especie de rueda, seguramente el núcleo de otra más grande, similar a las tantas que giraban mansamente al costado de las casas sobre el río, movidas por el empuje suave y contínuo del agua.
—¡Abuelo! —articuló por fin el muchacho—. ¡Mataron a Van Gogh!
El viejo sonrió.
—Pero hijo, ya te expliqué que aquél que viste en los trigales es un actor. El verdadero Van Gogh murió hace mucho tiempo. Está enterrado debajo de esa gran piedra que viste al final del puente, sobre la que todo el mundo deja flores, sin saber muy bien por qué.
El muchacho pensó en el puente. Dos grandes masas de mampostería avanzaban sobre el agua, para acortar el recorrido. Una vieja carreta cruzaba en ese momento sobre las maderas desvencijadas. Arriba, las estructuras en forma de palanca sostenían las hojas levadizas. En la orilla izquierda un grupo de mujeres lavaba ropa provocando olitas concéntricas. Un viejo bote, roto y anegado, descansaba entre los juncos. Predominaba el color azul.
—No —dijo el anciano—, no me refiero a ese puente, sino al que está sobre el arroyo entre los molinos.
—Abuelo —dijo el muchacho—, yo lo vi. El hombre tenía un gorro de piel como los que se usan en invierno. Fumaba una pipa. Una gran venda le rodeaba la cara, para proteger el lugar de la oreja que se cortó porque no podía pintarla. El color verde del gabán hacía contraste con el rojo de la pared. Le pregunté si era él. Me dijo que sí con la cabeza y luego siguió dibujando. Al rato, se oyó como la explosión de un tiro y el hombre cayó al suelo.
El viejo sonrió otra vez.
El muchacho pensó que sería mejor avisarle al comisario del pueblo. Pero pronto desistió de la idea. El comisario era un hombre siempre pensativo, que se pasaba las horas con la cara apoyada en el puño derecho, mirando un punto indefinido en el vacío delante de él. Una gorrita blanca y arrugada le cubría en parte el pelo anaranjado. El codo derecho y la mano izquierda descansaban sobre una mesa roja. En la mesa había unos libros y un pequeño florero con unas azaleas. Usaba siempre un saco oscuro, casi negro, con unos botones de un verde desteñido.
—No —dijo el anciano—, él no te va a poder ayudar, porque él es parte de lo soñado. Hijo mío, la vida y la muerte son un sueño, una ilusión. Y nosotros somos como actores dentro de una película, representando nuestros papeles. Mientras haya alguien que lo recuerde, Van Gogh no va a morir. Y tampoco lo van a poder matar, ni siquiera los que compran y venden sus cuadros por millones de dolares.
Caía la tarde. Los grandes molinos seguían girando, movidos por el agua. Un grupo de niños caminaba sobre el prado verde, cortando algunas de las innumerables flores y depositándolas luego sobre la gran piedra. Los mirlos negros y los zorzales colorados cantaban en la fronda. Un soplo fresco llegó desde el arroyo.
—Tengo frío —dijo el viejo—. Entremos a la casa.
La habitación tenía, sobre el piso marrón desteñido, una cama, una mesa y dos sillas de paja, todas de color naranja. Un jergón rojo y unas almohadas blancas cubrían la cama. Sobre la mesa había una botella de agua y un vaso, una jarra y una palangana. De las paredes de color celete colgaban cuadros, un perchero con ropa detrás de la cama, un espejo y un toallón. La ventana pintada de verde estaba entreabierta.
Luego de encender una vela, el muchacho y el viejo se asomaron para mirar la noche estrellada.
Sobre el pequeño caserío sin luces, en el fondo del valle, el cielo azul casi negro parecía estar surcado por estelas luminosas que trataban de formar una espiral. Como si hubiera dos clases de astros. Unos, fijos, brillantes como soles amarillos y blancos. Y otros como la cola de dos cometas que se buscaran para unirse en el espacio. A la izquierda, una especie de ciprés alto y oscuro también contemplaba la escena.
—Abuelo —dijo el muchacho—, ¿que va a pasar cuando no haya nadie que recuerde?
El viejo cerró la ventana, cargó agua en una tetera y la puso al fuego.
—Bueno —dijo—. El que dice que un día no va haber nadie es alguien que está ahora y aquí.
—¿Entonces?
—Entonces tomemos un té.


(Inspirado en los tráilers de la película Sueños, de Akira Kurosawa)

domingo, 24 de octubre de 2010

Cuarto creciente


Luca se asoma a la ventana y ve cómo la luna está brotando desde los edificios lejanos. Se queda mirando un rato, un largo minuto de quietud y de silencio.
Luca tiene ocho años, pero ya sabe que esto es algo que ocurre todos los meses. En el almanaque que está colgado en la pared de la cocina se muestran cuatro círculos. Uno blanco, uno negro, y dos que están divididos por el medio. Mitad blanco, mitad negro. Debajo de cada círculo hay una fecha. Luca está atento y cuando la fecha se acerca, se arrima a la ventana, a la noche, y se pone a mirar.

La señorita Leticia le había explicado, en la escuela, cómo era la cosa. Cuarto menguante, luna nueva, cuarto creciente, luna llena. Lo que nunca le había explicado es por qué Luca no tenía un hermanito, como los otros chicos.
—Es un hinchapelotas —decía uno—, refiriéndose a su hermano menor.
—Me molesta mucho —decía otro.
—Además, siempre me dicen que lo tengo que cuidar. No puedo jugar tranquilo —decía un tercero.
Luca escuchaba y pensaba que sí, que tal vez era mejor estar así, sin tener a alguien que lo moleste a uno, a quien uno tenga que cuidar y no poder jugar tranquilo.
En realidad Luca no le había preguntado eso a la señorita Leticia. Se lo había preguntado a su mamá. Pero prefería no acordarse de las explicaciones de ella.
—Mirá Luca —le había dicho ella—, tu papá un día se fué. Al tiempo volvió. Después se fué otra vez y así varias veces. Como comprenderás en ese clima no podíamos tener otro hijo.
Luca no comprendía. ¿Qué quería decir ella con "en ese clima"? "¿Tendré yo la culpa?", pensaba.
Una tarde, revolviendo el cajón de los juguetes, Luca encontró a Coquito.
Coquito era el pequeño oso de felpa que lo había acompañado tantas noches, a la hora de dormir. Más tarde Luca creció y aprendió a dormirse solo. Coquito, entonces, quedó en el fondo del cajón.
Sintió una gran alegría al reencontrarse con ese viejo amigo. Buscó una ropa para ponerle, porque Coquito estaba desnudo. Finalmente, encontró un pantaloncito verde, con estrellas amarillas, que había sido de otro muñeco.

Para la siguiente luna llena, Luca ya no está solo. Cuando llega la fecha indicada en el almanaque, se acerca a la ventana. Pone un libro sobre el alféizar y a Coquito arriba, para que pueda ver mejor. De pronto, la luna empieza a brotar desde el horizonte lejano. Luca mira. Coquito también mira. Desde afuera, la luna los mira a los dos.

jueves, 21 de octubre de 2010

El pato




Navegaba con suavidad sobre las tranquilas aguas del lago. El cielo se había puesto de un azul violáceo y pronto se haría de noche. El cuerpo emplumado lo mantenía a flote con naturalidad, sin necesidad de hacer ningún esfuerzo.

Contemplaba, una vez más, al hombre que tocaba el piano en el muelle. El hombre tocaba de memoria, con la cabeza levantada hacia adelante. La melodía era dulce e iba cambiando junto con el color de la tarde.

Un rato después venía la mujer, se sacaba el vestido y se arrojaba al agua, desde el mismo muelle. El golpe de su cuerpo en el agua era suave, tan suave que parecía formar parte de la música. Nadaba un rato, levantando pequeñas olitas que a él lo golpeaban en las plumas. Después salía del agua, se secaba, se vestía y se iba.

El hombre terminaba la música, cerraba el piano, desplegaba su vara blanca y también se iba, caminando un poco más lentamente que la mujer. La noche caía por completo y sólo se veían, en el horizonte, las primeras luces de la ciudad lejana.

lunes, 18 de octubre de 2010

El tonto de la cuadra

Angelito había sido, por muchos años, el tonto de la cuadra. Cuando alguno quería hacerle una broma a otro, una cargada, el punto era Angelito.
Esto no es un juicio peyorativo, simplemente es una realidad. La realidad del rol que cada uno de nosotros tenía en ese pequeño grupo de muchachos de barrio.
Riqui, por ejemplo, era el líder. Siempre decía lo que había que hacer o lo que había que pensar.
Manuel, el turco, era el astuto que conseguía toda clase de cosas. Desde cigarrillos hasta forros. Él fué quien hizo el contacto con la Mecha y nos llevó una noche hasta la piecita del Dock Sud donde debutamos todos. Todos menos Angelito.
Yo, en ese juego, era el inteligente. Tímido, leía mucho, y siempre contestaba las preguntas difíciles.
—Che, Pocho, ¿qué quiere decir isobara?
Y Angelito era el tonto. Nunca llegaba a tiempo a ningún lado. O se perdía, como se perdió aquella noche en el Dock Sud.
—Angelito, la Nelly preguntó por vos. ¿Dónde estabas?
—Yo, yo...
—Angelito, zafaste. Recién pasó la máquina de cortar boludos. Menos mal que no estabas aquí.
Angelito nos miraba con cara seria y ojos muy abiertos. Apenas si podíamos aguantar la risa.
Aquel año vinieron a Buenos Aires los equilibristas alemanes. Toda la ciudad fué a verlos. Tendieron unos cables sobre la 9 de Julio, a la altura del obelisco. Y luego iban pasando de un extremo al otro. Algunos pasaban caminando, sosteniendo una larga vara con las dos manos, a la altura del pecho. Otros cruzaban en bicicleta, pedaleando suavemente sobre las cabezas de la gente. No había ninguna red de seguridad. Si se caían, se mataban. Todos mirábamos embobados. Todavía tengo algunas fotitos en blanco y negro que saqué aquella tarde.
Volvimos al barrio caminando y charlando sobre lo que habíamos visto. Sentados en los umbrales, o contra el árbol, seguimos fumando y hablando hasta que se hizo de noche.
Cuando por fin nos callamos, Angelito empezó a decir :
—Yo, yo... puedo hacerlo.
—¿Qué?
—Yo, yo... por el cable...
—¿Que decís, Angelito?
—Yo puedo caminar por el cable.
Nos miramos. A la luz del farol de mitad de cuadra la cara de Angelito se veía pálida. Estaba muy serio. Como siempre, con los ojos muy abiertos.
Y así fué como organizamos la cosa, como una cargada más.
Riqui había dicho :
—Dejenló, dejenló. Que haga lo que quiera.
Manuel había dicho :
—Este belinún se va a venir en banda a la primera de cambio.
Yo, siguiendo a Riqui, también pensé que había que dejarlo.
Elegimos una noche de luna llena, para que se viera bien. Subimos a la terraza de doña Francisca, con el rollo de soga. Atamos una punta en uno de los pilares del tanque de agua. Doña Francisca nos miraba hacer. Cuando íbamos a bajar para atar la otra punta en la casa de enfrente, Angelito nos detuvo.
—No, no... —dijo—. Yo... yo la llevo.
Se remangó los pantalones hasta la mitad de las pantorrillas. Se ajustó la camisa blanca debajo de los tiradores. Agarró el rollo y se paró en la cornisa. Con los dos brazos en alto, soltó un poco la soga hasta que le quedó a la altura de los pies. Adelantó el pie derecho sobre la soga, teniendo todavía el izquierdo apoyado en la cornisa.
—¡Oh! —suspiró doña Francisca, y se tapó la cara con las manos.
Yo cerré los ojos y contuve la repiración. Se hizo un gran silencio.

Cuando los abrí la luna todavía colgaba en el medio del cielo. La sombra de los grandes plátanos caía sobre las casas y sobre el empedrado de la calle.
Suspendido en el aire, con los brazos en alto sosteniendo el rollo, traspasado por la luz de la luna, Angelito seguía caminando sobre la soga.