Cuando el bebé de la pequeña Zowda nació, vieron que tenía la piel blanca. Ella lo miró con una mezcla de miedo y espanto y después miró a las dos comadronas que la estaban asistiendo.
Las dos mujeres, que habían sido llamadas por la abuela Naamoni, estaban arrodilladas en el piso de tierra, al lado del cuerpo de Zowda.
Miraron al bebé y después se miraron entre ellas, pero no dijeron nada. Todos en la aldea sabían lo que había pasado.
La abuela Naamoni entraba y salía de la choza, trayendo agua caliente y telas limpias.
Cuando todo hubo terminado y el bebé estaba lavado y vestido, la abuela despidió a las comadronas con una sonrisa, al tiempo que les entregaba algunos presentes. Después entró y se sentó en el suelo, frente a Zowda.
—No lo podés conservar —dijo—. Tenés que deshacerte de él si querés que Jabu te acepte de nuevo como esposa.
—Eso me duele, abuela —dijo Zowda.
—Es lo que hay que hacer. Y lo que hay que hacer es mejor hacerlo cuanto antes.
La vieja se levantó y salió. Zowda se quedó sentada en la penumbra, con el bebé en brazos. Entonces recordó.
El grupo de mujeres caminaba en fila por el sendero polvoriento. Iban a buscar agua. Andaban descalzas, vestidas con ropas de vivos colores, llevando los cacharros en la cabeza. Cantaban suavemente, para aliviarse la tarea. Zowda, por ser la más joven, era la última.
En un recodo del camino había un pequeño bosque. Cuando las mujeres llegaron ahí los soldados salieron de entre los árboles y las atacaron.
Las mujeres trataron de defenderse y gritaron. Pero nadie oyó sus gritos. Nadie oyó el ruido de los cacharros golpeando contra las piedras.
Zowda se encontró tumbada sobre la tierra, al pie de un árbol, con el cuerpo de un hombre encima de ella.
El hombre era mucho más fuerte y le oprimía la garganta con la mano izquierda. Si ella se revolvía o intentaba gritar, él le apretaba la garganta hasta casi ahogarla.
Mientras la desnudaba con la mano derecha, ocurrió algo extraño. En un momento el hombre la miró a los ojos, sin soltar la mano en su garganta. Por un segundo, le pareció que él la estaba viendo a ella, a Zowda, y no sólo a su cuerpo.
Pero la ilusión se disipó enseguida. El hombre terminó de desnudarla y después la penetró brutalmente. Ella sintió un agudo dolor.
Cuando los soldados se fueron, todavía tendida en el suelo, Zowda pensó en el viejo Jabu, su marido.
Cuando venía a su choza por las noches él también la desnudaba, con menos violencia, es cierto, pero después hacía lo suyo rápidamente. Aparte de un poco de dolor, Zowda no sentía nada.
—No sentís nada porque estás cortada, lo mismo que todas las mujeres de la aldea —le dijo Rebecca, más tarde—. Esa es una de las cosas que tenemos que cambiar.
Rebecca era una mujer alta y gorda, que iba de aquí para allá. Hablaba continuamente y siempre estaba contenta.
Había pasado unos años en Nairobi, estudiando, y se decía que también había viajado por el extranjero. Estaba produciendo una revolución en la aldea. Algunos decían que quería imitar a Wangari, la mujer árbol.
Después del episodio de los soldados, cuando supo que estaba embarazada y el viejo Jabu la repudió, del mismo modo que habían hecho los otros maridos, Rebecca le propuso a Zowda que se fuera con ella, que junto con otras mujeres estaban intentando vivir de otra manera.
—Tenemos derechos —había dicho Rebecca—. Otro mundo es posible.
Pero la pequeña Zowda tuvo miedo y prefirió irse con la abuela.
La abuela Naamoni, que la había criado desde la muerte de los padres, la recibió cariñosamente, pero le puso como condición que después del nacimiento del bebé ella debía volver con su marido, el viejo Jabu. No quiso escuchar las objeciones de Zowda.
—Jabu nos ha dado siete vacas por vos —dijo la vieja—. Nuestra cultura es así. Ha sido así por muchísimos años. Y así tiene que seguir siendo.
Zowda recordaba y permanecía sentada en el suelo, en la penumbra de la choza. El bebé, en sus brazos, se había dormido.
La abuela Naamoni volvió a entrar. Se sentó otra vez frente a Zowda.
—Ahora —dijo.
—No, por favor, abuela.
—Ahora —repitió la vieja.
Zowda se incorporó. Se sentía muy cansada. Con el bebé en brazos, salió.
Afuera ya era de noche y habían encendido algunos fuegos delante de las chozas. Una gran luna iluminaba los techos.
Caminó lentamente, alejándose de la aldea, por el sendero polvoriento. Después de un rato llegó al bosque.
Buscó un árbol. Tal vez, pensó, el mismo árbol donde había sido violada. Depositó al bebé en el suelo. Se dió vuelta rápidamente y empezó a caminar.
Cuando estaba por salir otra vez al sendero, le pareció oir el llanto del bebé. Se detuvo. Prestó atención. El llanto sonaba cada vez más fuerte, a sus espaldas.
Se dió vuelta y corrió hasta el árbol. El bebé estaba ahí, llorando. Se sentó en el suelo y lo miró. La luz de la luna caía sobre el pequeño rostro blanco.
Se sintió atravesada por una gran angustia. Por un largo momento no pudo respirar. No pudo pensar. No pudo ni siquiera llorar.
Después, en voz muy baja, suavemente, empezó a cantar.
Era una antigua plegaria de la tribu. Decía:
No importa, porque Dios todavía está presente.
Al oir la voz de la madre, el bebé dejó de llorar. La pequeña Zowda continuó cantando, ahora un poco más fuerte. Se sintió mejor.
Estuvo un largo rato así, con su voz resonando en el silencio del bosque. Después, sin dejar de cantar, se levantó, recogió al bebé y empezó a andar.
Cuando salió al camino miró las luces de las fogatas en la aldea lejana. Miró el cielo estrellado y la luna que iluminaba el sendero polvoriento.
Apuró el paso y empezó a cantar con toda la voz. Se dirigió hacia lo de Rebecca.
Caminó mucho tiempo con el bebé en brazos, en la soledad de la noche.
Seguía cantando. La canción, ahora, ya no era sólo una plegaria.
Era también un grito de alegría.

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