A lo lejos, el trigo no segado todavía brillaba bajo el sol con un intenso amarillo. Una bandada de cuervos negros sobrevolaba el campo, dividido en dos por la ancha huella marrón y verde del camino. El cielo azul se oscurecía anunciando la tormenta.
El muchacho se acercó al anciano que trabajaba en la puerta de su choza. Soltó la valijita, el caballete y el bastidor, que cayeron al suelo. Trató de hablar pero no pudo. La carrera lo había dejado sin respiración.
El viejo lo miró apaciblemente. Vestía ropas azules y un gran sombrero de paja le protegía el rostro, cubierto de una barba blanquísima. Estaba trabajando en la reparación de una especie de rueda, seguramente el núcleo de otra más grande, similar a las tantas que giraban mansamente al costado de las casas sobre el río, movidas por el empuje suave y contínuo del agua.
—¡Abuelo! —articuló por fin el muchacho—. ¡Mataron a Van Gogh!
El viejo sonrió.
—Pero hijo, ya te expliqué que aquél que viste en los trigales es un actor. El verdadero Van Gogh murió hace mucho tiempo. Está enterrado debajo de esa gran piedra que viste al final del puente, sobre la que todo el mundo deja flores, sin saber muy bien por qué.
El muchacho pensó en el puente. Dos grandes masas de mampostería avanzaban sobre el agua, para acortar el recorrido. Una vieja carreta cruzaba en ese momento sobre las maderas desvencijadas. Arriba, las estructuras en forma de palanca sostenían las hojas levadizas. En la orilla izquierda un grupo de mujeres lavaba ropa provocando olitas concéntricas. Un viejo bote, roto y anegado, descansaba entre los juncos. Predominaba el color azul.
—No —dijo el anciano—, no me refiero a ese puente, sino al que está sobre el arroyo entre los molinos.
—Abuelo —dijo el muchacho—, yo lo vi. El hombre tenía un gorro de piel como los que se usan en invierno. Fumaba una pipa. Una gran venda le rodeaba la cara, para proteger el lugar de la oreja que se cortó porque no podía pintarla. El color verde del gabán hacía contraste con el rojo de la pared. Le pregunté si era él. Me dijo que sí con la cabeza y luego siguió dibujando. Al rato, se oyó como la explosión de un tiro y el hombre cayó al suelo.
El viejo sonrió otra vez.
El muchacho pensó que sería mejor avisarle al comisario del pueblo. Pero pronto desistió de la idea. El comisario era un hombre siempre pensativo, que se pasaba las horas con la cara apoyada en el puño derecho, mirando un punto indefinido en el vacío delante de él. Una gorrita blanca y arrugada le cubría en parte el pelo anaranjado. El codo derecho y la mano izquierda descansaban sobre una mesa roja. En la mesa había unos libros y un pequeño florero con unas azaleas. Usaba siempre un saco oscuro, casi negro, con unos botones de un verde desteñido.
—No —dijo el anciano—, él no te va a poder ayudar, porque él es parte de lo soñado. Hijo mío, la vida y la muerte son un sueño, una ilusión. Y nosotros somos como actores dentro de una película, representando nuestros papeles. Mientras haya alguien que lo recuerde, Van Gogh no va a morir. Y tampoco lo van a poder matar, ni siquiera los que compran y venden sus cuadros por millones de dolares.
Caía la tarde. Los grandes molinos seguían girando, movidos por el agua. Un grupo de niños caminaba sobre el prado verde, cortando algunas de las innumerables flores y depositándolas luego sobre la gran piedra. Los mirlos negros y los zorzales colorados cantaban en la fronda. Un soplo fresco llegó desde el arroyo.
—Tengo frío —dijo el viejo—. Entremos a la casa.
La habitación tenía, sobre el piso marrón desteñido, una cama, una mesa y dos sillas de paja, todas de color naranja. Un jergón rojo y unas almohadas blancas cubrían la cama. Sobre la mesa había una botella de agua y un vaso, una jarra y una palangana. De las paredes de color celete colgaban cuadros, un perchero con ropa detrás de la cama, un espejo y un toallón. La ventana pintada de verde estaba entreabierta.
Luego de encender una vela, el muchacho y el viejo se asomaron para mirar la noche estrellada.
Sobre el pequeño caserío sin luces, en el fondo del valle, el cielo azul casi negro parecía estar surcado por estelas luminosas que trataban de formar una espiral. Como si hubiera dos clases de astros. Unos, fijos, brillantes como soles amarillos y blancos. Y otros como la cola de dos cometas que se buscaran para unirse en el espacio. A la izquierda, una especie de ciprés alto y oscuro también contemplaba la escena.
—Abuelo —dijo el muchacho—, ¿que va a pasar cuando no haya nadie que recuerde?
El viejo cerró la ventana, cargó agua en una tetera y la puso al fuego.
—Bueno —dijo—. El que dice que un día no va haber nadie es alguien que está ahora y aquí.
—¿Entonces?
—Entonces tomemos un té.
(Inspirado en los tráilers de la película Sueños, de Akira Kurosawa)




