domingo, 24 de octubre de 2010

Cuarto creciente


Luca se asoma a la ventana y ve cómo la luna está brotando desde los edificios lejanos. Se queda mirando un rato, un largo minuto de quietud y de silencio.
Luca tiene ocho años, pero ya sabe que esto es algo que ocurre todos los meses. En el almanaque que está colgado en la pared de la cocina se muestran cuatro círculos. Uno blanco, uno negro, y dos que están divididos por el medio. Mitad blanco, mitad negro. Debajo de cada círculo hay una fecha. Luca está atento y cuando la fecha se acerca, se arrima a la ventana, a la noche, y se pone a mirar.

La señorita Leticia le había explicado, en la escuela, cómo era la cosa. Cuarto menguante, luna nueva, cuarto creciente, luna llena. Lo que nunca le había explicado es por qué Luca no tenía un hermanito, como los otros chicos.
—Es un hinchapelotas —decía uno—, refiriéndose a su hermano menor.
—Me molesta mucho —decía otro.
—Además, siempre me dicen que lo tengo que cuidar. No puedo jugar tranquilo —decía un tercero.
Luca escuchaba y pensaba que sí, que tal vez era mejor estar así, sin tener a alguien que lo moleste a uno, a quien uno tenga que cuidar y no poder jugar tranquilo.
En realidad Luca no le había preguntado eso a la señorita Leticia. Se lo había preguntado a su mamá. Pero prefería no acordarse de las explicaciones de ella.
—Mirá Luca —le había dicho ella—, tu papá un día se fué. Al tiempo volvió. Después se fué otra vez y así varias veces. Como comprenderás en ese clima no podíamos tener otro hijo.
Luca no comprendía. ¿Qué quería decir ella con "en ese clima"? "¿Tendré yo la culpa?", pensaba.
Una tarde, revolviendo el cajón de los juguetes, Luca encontró a Coquito.
Coquito era el pequeño oso de felpa que lo había acompañado tantas noches, a la hora de dormir. Más tarde Luca creció y aprendió a dormirse solo. Coquito, entonces, quedó en el fondo del cajón.
Sintió una gran alegría al reencontrarse con ese viejo amigo. Buscó una ropa para ponerle, porque Coquito estaba desnudo. Finalmente, encontró un pantaloncito verde, con estrellas amarillas, que había sido de otro muñeco.

Para la siguiente luna llena, Luca ya no está solo. Cuando llega la fecha indicada en el almanaque, se acerca a la ventana. Pone un libro sobre el alféizar y a Coquito arriba, para que pueda ver mejor. De pronto, la luna empieza a brotar desde el horizonte lejano. Luca mira. Coquito también mira. Desde afuera, la luna los mira a los dos.

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