jueves, 21 de octubre de 2010

El pato




Navegaba con suavidad sobre las tranquilas aguas del lago. El cielo se había puesto de un azul violáceo y pronto se haría de noche. El cuerpo emplumado lo mantenía a flote con naturalidad, sin necesidad de hacer ningún esfuerzo.

Contemplaba, una vez más, al hombre que tocaba el piano en el muelle. El hombre tocaba de memoria, con la cabeza levantada hacia adelante. La melodía era dulce e iba cambiando junto con el color de la tarde.

Un rato después venía la mujer, se sacaba el vestido y se arrojaba al agua, desde el mismo muelle. El golpe de su cuerpo en el agua era suave, tan suave que parecía formar parte de la música. Nadaba un rato, levantando pequeñas olitas que a él lo golpeaban en las plumas. Después salía del agua, se secaba, se vestía y se iba.

El hombre terminaba la música, cerraba el piano, desplegaba su vara blanca y también se iba, caminando un poco más lentamente que la mujer. La noche caía por completo y sólo se veían, en el horizonte, las primeras luces de la ciudad lejana.

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