lunes, 18 de octubre de 2010

El tonto de la cuadra

Angelito había sido, por muchos años, el tonto de la cuadra. Cuando alguno quería hacerle una broma a otro, una cargada, el punto era Angelito.
Esto no es un juicio peyorativo, simplemente es una realidad. La realidad del rol que cada uno de nosotros tenía en ese pequeño grupo de muchachos de barrio.
Riqui, por ejemplo, era el líder. Siempre decía lo que había que hacer o lo que había que pensar.
Manuel, el turco, era el astuto que conseguía toda clase de cosas. Desde cigarrillos hasta forros. Él fué quien hizo el contacto con la Mecha y nos llevó una noche hasta la piecita del Dock Sud donde debutamos todos. Todos menos Angelito.
Yo, en ese juego, era el inteligente. Tímido, leía mucho, y siempre contestaba las preguntas difíciles.
—Che, Pocho, ¿qué quiere decir isobara?
Y Angelito era el tonto. Nunca llegaba a tiempo a ningún lado. O se perdía, como se perdió aquella noche en el Dock Sud.
—Angelito, la Nelly preguntó por vos. ¿Dónde estabas?
—Yo, yo...
—Angelito, zafaste. Recién pasó la máquina de cortar boludos. Menos mal que no estabas aquí.
Angelito nos miraba con cara seria y ojos muy abiertos. Apenas si podíamos aguantar la risa.
Aquel año vinieron a Buenos Aires los equilibristas alemanes. Toda la ciudad fué a verlos. Tendieron unos cables sobre la 9 de Julio, a la altura del obelisco. Y luego iban pasando de un extremo al otro. Algunos pasaban caminando, sosteniendo una larga vara con las dos manos, a la altura del pecho. Otros cruzaban en bicicleta, pedaleando suavemente sobre las cabezas de la gente. No había ninguna red de seguridad. Si se caían, se mataban. Todos mirábamos embobados. Todavía tengo algunas fotitos en blanco y negro que saqué aquella tarde.
Volvimos al barrio caminando y charlando sobre lo que habíamos visto. Sentados en los umbrales, o contra el árbol, seguimos fumando y hablando hasta que se hizo de noche.
Cuando por fin nos callamos, Angelito empezó a decir :
—Yo, yo... puedo hacerlo.
—¿Qué?
—Yo, yo... por el cable...
—¿Que decís, Angelito?
—Yo puedo caminar por el cable.
Nos miramos. A la luz del farol de mitad de cuadra la cara de Angelito se veía pálida. Estaba muy serio. Como siempre, con los ojos muy abiertos.
Y así fué como organizamos la cosa, como una cargada más.
Riqui había dicho :
—Dejenló, dejenló. Que haga lo que quiera.
Manuel había dicho :
—Este belinún se va a venir en banda a la primera de cambio.
Yo, siguiendo a Riqui, también pensé que había que dejarlo.
Elegimos una noche de luna llena, para que se viera bien. Subimos a la terraza de doña Francisca, con el rollo de soga. Atamos una punta en uno de los pilares del tanque de agua. Doña Francisca nos miraba hacer. Cuando íbamos a bajar para atar la otra punta en la casa de enfrente, Angelito nos detuvo.
—No, no... —dijo—. Yo... yo la llevo.
Se remangó los pantalones hasta la mitad de las pantorrillas. Se ajustó la camisa blanca debajo de los tiradores. Agarró el rollo y se paró en la cornisa. Con los dos brazos en alto, soltó un poco la soga hasta que le quedó a la altura de los pies. Adelantó el pie derecho sobre la soga, teniendo todavía el izquierdo apoyado en la cornisa.
—¡Oh! —suspiró doña Francisca, y se tapó la cara con las manos.
Yo cerré los ojos y contuve la repiración. Se hizo un gran silencio.

Cuando los abrí la luna todavía colgaba en el medio del cielo. La sombra de los grandes plátanos caía sobre las casas y sobre el empedrado de la calle.
Suspendido en el aire, con los brazos en alto sosteniendo el rollo, traspasado por la luz de la luna, Angelito seguía caminando sobre la soga.

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